Este artículo publicado en El País demuestra, entre otras cosas, el papel del Banco Mundial como herramienta para someter a los países pobres, para mantenerlos en un estado vegetativo, un verdadero genocidio.
Si un médico conscientemente te manda un medicamento que sabe que te va a empeorar, es un criminal, pero si eso se hace a millones de personas, a Pueblos enteros, ya sumidos en la miseria, y encima se regodean de ello…es un genocidio.
¿seremos nosotros los próximos, o ya lo somos? Ayer me enteré que de 350 embarazadas de Granada, el 97% de ellas tenían altos niveles de pesticidas, incluidos el DDT prohibido hace 30 años, en leche, sangre y placenta.
Ya no se trata de luchar por las ballenas, se trata de que este modo de producción, este Sistema nos masacra. Sigamos mirando para otro lado.
Menos mal que tenemos 2 equipos españoles en las finales europeas, si no qué iba a ser de nuestra vida.

EMILIO DE BENITO
“Si un médico se hubiera comportado como el Banco Mundial, habría sido condenado por mala práctica”. Ésta es una de las conclusiones del artículo publicado en The Lancet por 13 importantes especialistas en malaria que acusan a la institución de haber desembolsado sólo una cuarta parte de los 325 millones de euros prometidos en cinco años en la lucha contra la enfermedad, de alterar para su beneficio los resultados de sus iniciativas e incluso de promover campañas basadas en tratamientos ineficaces. El Banco Mundial niega las acusaciones y atribuye los posibles errores a los países.
La malaria afecta a 300 millones de personas al año, y está presente en países donde vive la mitad de la población del planeta. Es endémica en muchas zonas africanas, donde es la primera causa de muerte infantil, incluso por delante del sida. Por eso en 1998 se estableció una iniciativa, llamada Roll Back Malaria (RBM, Hacer Retroceder el Paludismo) cuyo objetivo era reducir a la mitad la incidencia de la enfermedad hasta 2010.
Un grupo de expertos encabezados por Amir Attaran, del Instituto de Salud Pública de la Universidad de Ottawa (Canadá), publicó ayer en The Lancet, coincidiendo con el día mundial contra la enfermedad, un informe en el que destaca el incumplimiento de estos objetivos. Los autores del trabajo cargan las culpas sobre el Banco Mundial. Este organismo, encargado por la ONU de promover el desarrollo en los países más pobres, debería ser el mayor financiador de los programas para erradicar la malaria. Pero, siempre según los autores del estudio, no lo ha hecho.
Los 13 investigadores, algunos de instituciones tan prestigiosas como la Escuela de Higiene y Medicina Tropical de Londres o las universidades de Oxford y Harvard, destacan que en 2000 el Banco Mundial prometió ayudas de entre 240 millones y 400 millones de euros en cinco años -“realmente, préstamos”-. Esta cantidad fue reducida en 2002 a 160 millones de euros. Para el periodo entre 2004 y 2005, la aportación había bajado a unos 100 millones de euros.
Falta de transparencia
Pero las críticas no se refieren sólo a la cantidad. Los autores también destacan “la falta de transparencia en el reparto de estos fondos”, y que el equipo encargado de estudiar las solicitudes había pasado de tener siete personas en 2002 a cero. “Con ningún trabajador dedicado, el programa para la malaria podía hacer muy poco”, apuntan.
Otro aspecto que critican es que en lugar de financiar los tratamientos más modernos (una terapia combinada que usa un extracto vegetal, la artemisinina), los programas del Banco Mundial insistieron en recomendar el uso de la cloroquina. Este medicamento -heredero de la quinina de hace más de cien años-, ha ido perdiendo eficacia a medida que el microorganismo que causa la enfermedad se ha ido haciendo resistente. “Si un médico o un farmacéutico se hubiera comportado como el banco, habría sido condenado por mala práctica médica”, dicen los autores del trabajo.
Los expertos estudian los casos de dos países especialmente importantes. El Banco Mundial se atribuye éxitos en Brasil y la India que los investigadores no han podido comprobar. “El Banco se adjudica haber evitado dos millones de casos y 231.000 muertes en Brasil”, lo que según los científicos es falso. En la India, las recomendaciones de programas con cloroquina podían haber extendido la resistencia de la malaria, insisten. Como conclusión, proponen que el Banco Mundial cierre sus programas y empiece de cero.
The Lancet recoge también un artículo del Banco Mundial que rechaza estas críticas. Sus autores sólo coinciden con los del otro articulo en el “drama” que supone la malaria. Pero defienden sus actuaciones alegando que gran parte de los fondos que no se recogen están dedicados a programas a largo plazo.
Además, indican que en algunos casos los fondos no han sido reclamados, o que los programas presentados no ofrecían garantías. También recuerdan que en las 13 oficinas para África del Banco Mundial hay personas dedicadas al desarrollo de estos países, y que, por lo tanto, también llevan proyectos de control de la malaria.
Según su presidente, Paul Wolkowitz, el personal dedicado a estos programas ha pasado de 57 a 63 personas, aunque no se trate de técnicos que trabajen en exclusiva, sino dentro de programas más amplios para el desarrollo de los países más pobres.
De la mosquitera a la vacuna
La malaria es una enfermedad causada por un microorganismo (el Plasmodium falciparum) que mata a un millón de personas cada año, la mayoría niños africanos de menos de cinco años. Está presente en todos los países que se encuentran entre los dos trópicos -justo los más pobres del planeta-, donde habita el mosquito Anopheles, cuya hembra la transmite.
En los últimos años se han descrito casos fuera de este entorno debidos a la facilidad en los viajes y también al calentamiento, que facilita la reproducción de los insectos más al norte.
La primera medida de protección, y la más barata, consiste en evitar las picaduras de la hembra del Anopheles. Como se trata de un animal nocturno, las mosquiteras impregnadas de insecticida son una herramienta fundamental. También la fumigación de las zonas húmedas donde cría.
Pero también hay remedios médicos para combatir la infección. El más antiguo y conocido es la quinina, la corteza de un árbol cuyo uso por los descubridores ingleses, que lo aprendieron de los indios, dio lugar a un refresco, la tónica. Pero la quinina, y otras formas más modernas, como la cloroquina, han ido perdiendo eficacia al hacerse resistente el microorganismo que causa la malaria. Por eso desde hace unos años la OMS recomienda los tratamientos combinados con artemisinina, un extracto de una planta china, que se usaba desde hace siglos como remedio para las fiebres.
Como en todas las enfermedades infecciosas, estos remedios no son más que parches a la espera de uno definitivo: la vacuna. La Fundación Bill y Melinda Gates ha aportado casi 200 millones para conseguirla. El prototipo probado por el médico español Pedro Alonso en Mozambique en 2005 es la primera demostración de que esta vacuna es posible.
EL PAÍS

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