Para variar, un post donde se habla de mí y no de política en sentido estricto. No os acostumbréis y disfrutad de las fotos.

Día 1 26:

Después de pasar muchos nervios porque mi “taxista” llegó una hora tarde debido a su acostumbrado oído a la maravillosa melodía de su móvil conseguí subirme al avión. 4 horas de viaje, que en el reloj son 6, por eso del cambio horario, pero puntuales como los británicos y tacaños como los catalanes, ni unos miserables caramelos. Acojonao con lo de las aduanas, que si tienes arenilla en las botas, que si llevas serpientes o tortugas, y cuídate mucho de estornudar…

La parte más preparada del viaje, casi la única, fue el camino de la plaza de Christchurch hasta donde tenía que recoger la camper.  Un chaval que pensé, joe, ya están estos guays hablándome maorí pa impresionarme, pero no, hablaba “inglés” y tras unos minutos creí entenderle que podía tirar por carreteras sin asfaltar con “sentido común” y que se conducía por la izquierda. Y yo, qué sí, que sí, dame las llaves.

Y resulta que conducen por la izquierda de verdad, y parece fácil conducir una furgoneta de más de 3 metros que tiene los intermitentes en el lado derecho y los limpia en el izquierdo, imaginaros el lío pa los de atrás cuando llovía.

Compré en un super, y ahí llegó mi 2ª y casi última interacción con un ser humano, le pregunté a una cajera que por qué había una cola en el super de unas 20 personas, era ¡la loto! No sé cuántos millones.

Me metí una “saludable” fish-burguer de 1€ y para Kaikoura (estos maorís inventaron lo del lenguaje okupa, todo lo escriben con k, bueno no escribían, pero ya me entendéis).

Es más fácil decirlo que hacerlo, porque salir de la Iglesia de cristo me costó un huevo, si es que son una secta…pasé por unos cuantos pueblos antes de pillar la carretera correcta. Cuando me cansé de ir acojonado con los trailers que conducen por el lado incorrecto, me metí en un area de descanso y con un cielo estrellado y el sonido de un rio dormí por primera vez solo, sin pagar, sin ducharme, etc.

Día 2. Kaikoura100_3493

Me levanto al amanecer, vamos, a las 8, y tiro para Kaikoura, donde pago unos 60€ para ver ballenas, y sí, las ví, 3. A 20 leuros la ballena, no está mal.  Me emocioné, me gustaron, pero lo que más me gustó fueron las “pigeons”, que no son palomas, pero que me intrigaba que nos siguieran hasta mar adentro, yo decía, la vin qué curiosas, si está prohibido darle de comer a los pajarillos, pues no, no del todo, ellas sabían cuándo la gente iba a empezar a regalarles el desayuno.

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Reconocen el sonido de la gente potando por la borda, y allá que van ellas tan monas a comerse el desayuno del personal. Si es que en la naturaleza no se desperdicia nada, como le dije yo a un tipo que tenía al lado que me miraba con cara de asco…

100_3519De vuelta al pueblo, me habían dicho que había una zona de acantilados donde podías ver focas, y allá que voy. Eso sí, nada de carretera, yo tiro por lo más difícil, por las rocas. Y yo pensaba que me quedaba un rato cuando de pronto oigo que algo me grita, ¡que me vas a pisar!, y era un león marino, con más peña alrededor, total, pegué un salto y mejor les hice las fotos desde lejos.

Quería dormir en Banks peninsula, pero como siempre las distancias traicionan, y aquí todo es mucho más lento. Me quedé a medio camino, por ¿Taitapu?, y me metí en lo que yo creía que era un parque enorme con servicios. No había ni cristo, y estaba decidido a salir de allí antes de que hubiera luz, porque no sabía exactamente dónde estaba.

Día 3:

Me levanté a las 7, de noche, y oí ¡un caballo!, o sea que sería un campo ecuestre, yo qué sé, el caso es que yo no debía estar allí.

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El viaje a Akaroa, de un par de horas fue bonito, por el lago Ellesmere y las montañas. El pueblo era una colonia de balleneros francesa, pero como llegaron un par de años después de que los británicos decidieron que toda NZ era suya, pues no se quedaron con la isla sur, pero por poco. El pueblo conserva los nombres de las calles en gabacho. Mi intención era nadar con delfines. Ahí es na. Otros 60 euracos por ponernos unos trajes espaciales amarillos, y tirarnos al pacífico para “nadar” con los delfines. Yo a duras penas conseguí mantener la verticalidad, parecía un globo. Pero los delfines se largaron al rato, no éramos muy divertidos a pesar de que nos esforzábamos en hacer el idiota con las gafas de bucear: golpecitos, burbujas, pero ni caso. Aunque la experiencia de que casi te toque un albatros con las patas, o tener un montón de pájaros alrededor es inolvidable, ¡pero qué frio!

Viajé hasta Timaru, donde me duché por primera vez, ejem.

Día 4.

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Recorrí tranquilamente la costa este, parando en Oamaru, en Kakanui, donde hay una colonia de pingüinos amarillos que no visité porque había que pagar, pero había leído que se podían ver en libertad. Seguí pasando por un par de playas: la primera, por Kakanoui podéis ver lo liberales que son con lo de la velocidad por los caminos.

Y en otra (Moeraki boulders) hay unas piedras que parece que alguien las ha pulido y puesto ahí para que los turistas vayan, ¿quién sabe?.

Fui hasta Otago peninsula, horrible carretera. Pero por fin llegué, por una pista forestal, a una playa impresionante (Victoria Beach) donde se pueden ver pingüinos y focas. Y ahí me veis, solo en la playa, tumbado detrás de un arbusto con una bolsa de nachos (no había comido), esperando a que los pingüinos salieran del agua, porque podías ver los caminos que usaban para subir a los nidos. Y ahí están, qué emoción. Pero llegaron otros bichos de dos patas que me asustaron y me fui, no sin antes saludar a este “tronco que se mueve” que olía como yo.

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Quería llegar a Owaka, porque allí hay rutas muy chulas por bosques lluviosos. Estaba decidido a socializarme, y me metí en el bar del pueblo. Impresionante. Digo la cerveza. Y la revista que había en el pub, que tenía que haberme llevado de recuerdo, sobre esquilado. Resulta que hay competiciones internacionales de esquilado, de “manejo de lana” y de ¡empaquetado de lana!. El personal, en sintonía con la revista, el 90% era masculino y el resto lo parecía. Y terminé viendo el rugby entre Italia y los “All black” neozelandeses.

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Cuando me fui a dormir con un par de negras en el cuerpo, cogí un camino y en una curva me salió Freddy haciendo dedo, no paré. Dormí en algún sitio que parecía un lago. No sin antes intentar mear sin mojarme, primero por la ventanilla sin éxito, después abriendo la puerta…al final me dejé la ventana abierta toda la noche. Un desastre.

Día 5- Domingo 29. The Catlins.

Yo estaba ilusionado con pegarme un buen pateo y ver unas cascadas.

Pero estaba lloviendo, todo eran caminos y no conseguí encontrar “el adecuado”, pero da igual, lloviendo me metí en el bosque y me di un paseo de casi 3 horas sin ver nada humano…

El bosque parecía encantado, sacado de una escena del señor de los anillos, y esperaba que un elfo (una, para ser más exactos) saliera de entre los árboles, y no fue hasta que me comí la casa de un gnomo que no vi elfos, enanos, varios pájarillos me hablaron…tenéis que vivirlo. Aquí la casa:

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A la vuelta me perdí de verdad, y cuando llevaba una hora por un camino interminable, con sólo ovejas, encontré a un nativo al que básicamente entendí que me dijo que me diera la vuelta.

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Y en el pueblo de Owaka, el día del Señor no abren las gasolineras, no había ninguna en 50 km a la redonda, eso llegando directo. Y quería ir a otra playa donde había un mirador para ver pingüinos (Roaring Bay) gratis. Gasolina o pinguins… ¡pinguins!, y ahí los podéis ver. En la reserva y con los huevecillos de corbata llegué a una gasolinera.

Como necesitaba una ducha de tanta emoción, me fui a Te Anau, en el borde de los fiordos a un camping. Bueno, en realidad me metí en el camping porque estaba prohibido hacer free camping al ser un parque nacional.

Día 6 – Lunes 29: Los fiordos.

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Uno de los días más espectaculares. Todo estaba congelado, el valle que sube para Milford sound es precioso, es indescriptible, ahí podéis ver algún video. Me dí mi caminata de rigor hasta que llegué a un río que no sabía como cruzar sin mojarmelos…

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En lo alto del puerto hay unos loros que se llaman Keas. La gente les da de comer y estos, como los monos de gibraltar, se vuelven muy agresivos. En cuanto aparqué se me acercó este que veis para intentar pillar algo, eso o le gustó la furgo.

Crucé un tunel de más de un km que habían construido por el capricho de un tío que se llamaba Homer, no comment.

Milford sound no es gran cosa, hay un puerto para coger barcos que te llevan por los fiordos. Pero no podía pagar más experiencias religiosas.

Quería pasar otro día por la zona, porque había un montón de rutas pero había un largo camino hasta Queenstown.

Duermo en un aparcamiento en Mossburn, una de las noches más frías, se congelaba el agua al echarla en el cazo para hacerme el te y la pasta de dientes. Varios grados bajo cero dentro de la furgo.

Día 7. Martes 30

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Llego a Queenstown. Aghhh, gente. Mucha. Incluso españoles. Qué grima. Pero bueno, aprovecho y me meto un buen desayuno inglés, y lo quemo subiendo a la colina, viendo cómo se tiran en el bungy jumping (70€ – 40 m), pero yo no podía pagarlo y me volví al camping, no sin antes perder la furgo porque me bajé por un camino diferente. El pueblo tiene un puerto de lago muy bonito, y había fiesta. El festival de invierno, patrocinado por American Express, que los muy cutres hacían al aire libre. Estaba prohibido llevar bebida propia, pero como buen español botellenero, me pillé 3 latas, que se mantenían tan fresquitas ellas en mi mochila (bajo cero estábamos) y me iba al servicio a rellenar el vaso de plástico correspondiente. La música buena, las mujeres (algunas) también, y llegué a entablar más que una conversación con alguna inglesa. No bad man.

Día 8. Miércoles 1

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Con la resaca conduzco hasta Wanaka, donde me doy un paseo por la ribera del lago, y me meto mi primer fish and chips grasiento, ummm.

Duermo en el valle del glaciar Fox, con una noche con luna donde se podían ver los cortados y oír el río.

Día 9. Jueves 2

glaciar fox

glaciar foxfox

possum

Al día siguiente con una excursión guiada tuve el mejor día. Lloviendo desde el primer momento estuvimos desde las 9 y media hasta las 4 caminando por el hielo, con un buen chubasquero, botas y crampones. Ahí podéis ver las fotos. Meterse en una cueva de hielo oyendo cómo se mueve el glaciar es una experiencia única, aunque se te pueden congelar las ideas. Había unas chinas en el grupo que se pensaban que yo era el yeti o algo así, porque no paraban de hacerme fotos, total, que les devolví el favor.

De vuelta al campamento con los pies chorreando y más feliz que unas pascuas, vi por 1ª vez a un possum en NZ, ahí tenéis la foto, y no, no podéis verle la cara porque no tiene. NZ está llena de trampas para los “odiosos” possum que son una plaga, y como son muy curiosos pues meten la nariz donde no toca. De ahí sacan la muy preciada piel de possum.

El puerto de Haast por donde había pasado para venir estaba cortado por la nieve, por lo que tuve que cambiar de planes.

Dormí en el camping de Fox.

Día 10. Jueves 3.

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No todos los días se ven glaciares, por lo que me fui a ver otro, esta vez más suave, sólo desde fuera. El glaciar Franz Josef también está muy cerca del mar y durante las glaciaciones el hielo llegaba al agua, ahora está a unos cientos de metros.

Se puede acceder hasta unos 10 metros del frente, pero sólo una “valla” de cuerda lo impide, por lo que me la salté. Eso sí, no toqué el hielo, hace poco murió por lo visto una familia aplastada por unos bloques que se desprendieron.

Seguí camino hasta Hokitika, pasando por okarito, podéis ver el video del paisaje de la carretera. Como ha sido habitual, lo bonito de Nueva Zelanda es el camino no el destino.

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Llego muy pronto a Hokitika, doy un paseo por un playa preciosa disfrutando de una negra, y como estaba prohibido hacer noche ahí, me fui al aparcamiento al lado de los servicios. Y me di mi primer lujo, unas cervecitas en un bar mientras leía y una pierna de cordero deliciosa, acompañada de más Speights of course, sentado en un sofá. Todo un lujo por menos de 15€.

Día 11, Viernes 4.

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La pregunta de la mañana. ¿podré cruzar el puerto “Arthur´s Pass”? Llevaba cadenas, pero nada más de pensar en cómo se pondrán en este bicho se me ponían los pelos como escarpias.

Me tiré buena parte del camino intentando parar para hacer fotos o para andar y lo conseguí un par de veces como podéis ver. La primera me pegué un paseo de un par de horas andando por nieve virgen, hasta que empezaron a sonar explosiones que me acojonaron. Después me enteré que era para provocar avalanchas, y yo como Pedro por el monte…

La segunda parada fue para hacer una foto a ese lago helado, pero no había sitio en el arcén, total que paré un km más adelante y fui andando. Valió la pena, y todo esto lo cuento porque me llamó la atención que algunos conductores pararan y me preguntaran si todo iba bien. Un detalle lo de estos kiwis.

Y cuando me di cuenta estaba de vuelta en Christchurh, no era mi intención, pero allí estaba, buscando un camping durante una hora.

Día 12, sábado 5, último día.

Para despedirme de NZ como era debido, me fui a dar una duchita matinal y como gesto mecánico cerré el pestillo, pero esta vez con las llaves dentro. Y ahí me veis, 10º, en chanclas y la toalla al hombro y entrando en recepción pidiendo ayuda. 60$ me costó la estupidez.

Lo peor fue que llegué media hora antes de que cerraran la oficina donde devolver la camper, uf, qué sudores.

Y Christchurch es bonita. En la “Catedral” ponen sopa y té. Y tienen un bonito paseo en góndola por el río que cruza la ciudad.

Para ir al aeropuerto negocié con un taxista iraquí el precio, qué recuerdos me trajo.

Este viaje ha sido uno de los más intensos de mi vida. Irak me influenció, en Cuba aprendí, pero Nueva Zelanda me ha hecho madurar. Os lo aconsejo. Mejor en primavera-otoño que en verano o invierno.

Y si os gusta la soledad, la magia de la naturaleza y poco las aglomeraciones, este es vuestro país.

Ánimo.

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