¿no està en el pueblo?

Hacer acompañamiento en Colombia me está dando oportunidades únicas. Y entre otras cosas está la de visitar una base militar y entrevistarse con un Coronel. No, no es un orgullo, es la oportunidad de presenciar la “propaganda de guerra” en primera persona.  Con su cinismo, sus quiebres de cintura retóricos y  todos los artilugios necesarios para vencer. En este caso el enemigo es “poderoso”, se llama comunidad internacional y los soldados somos observadores de DDHH y representantes de ayuntamientos españoles.

Estábamos en El Tarra, municipio de la región del Catatumbo, acompañando a una delegación española que venía a conocer de primera mano las consecuencias de los proyectos de solidaridad con la región.

En la ciudad y la región los ataques a los DDHH por parte de los paramilitares y fuerzas armadas ha sido continua. No sólo durante la arremetida paramilitar de los ´90 que dejó 11.200 muertos y más de 100.000 desplazados, sino que hacía unos meses el ejército había matado en el centro del pueblo a un muchacho de 16 años y herido a otras dos de 14. Se les acusó de guerrilleros. Eran miembros de la casa de la cultura del pueblo. El pueblo se alzó y apenas tuvo que recorrer dos calles para llegar a la base militar que alberga a los asesinos. Los insultaban desde las casas, les decían paramilitares y las “fuerzas del orden público” actuaron, disparando fuego real a los pies del gentío.

Cuando estaba terminando el acto nos avisan de que soldados han tomado el pueblo. Salimos a ver e interlocutar. Lo primero que vemos es un despliegue policial de 10-20 policías con metralletas en todas las esquinas de la plaza. Armados hasta los dientes a por cocacolaNos dicen que no es nada, que era algo normal, que su mando había entrado a la alcaldía para unos papeles. Mientras hacíamos algunas fotos aparecen una docena de soldados también armados hasta los dientes y para un novato como yo, en posición de combate. Separados de a dos, parados en las esquinas, etc. Preguntamos a un soldado por el mando, duda, nos dice que más adelante. Volvemos a preguntar a otro, y tras dudar unos segundos nos indica como a escondidas quién era. Tras una breve interlocución nos enteramos que el despliegue era supuestamente algo rutinario porque iban a comprar unas cosas.  Y efectivamente, salió un soldado de una tienda con una bolsa con coca colas.

Tras esto decidimos ir toda la delegación a visitar al coronel de la base. La base militar lleva años dentro del casco urbano. De los sacos terreros salen plantas y están dispuestos alrededor de lo que parece una casa, enfrente de un hotel y una tienda.

Nos recibe un mando que decide no soltar prenda, prefiera pasarle el marrón al coronel. Mientras este viene, un capitán, algo ingenuo, responde a nuestras preguntas, contándonos que están en un sitio muy peligroso, que reciben disparos muchas noches.

El coronel llega, nos hace pasar dentro con la atenta y curiosa mirada de los “niños-soldado”, normalmente secuestrados durante 3 años por el ejército en las plazas de los barrios populares y en los pueblitos rurales. Pero esa es otra historia.

A nuestra pregunta sobre el “orden público” en la zona y el por qué a tanto despliegue para comprar cocacola, el coronel responde que si bien no hay combates, “el 90% del pueblo apoya a los terroristas de las FARC”. Nosotros alucinamos. Por supuesto se le explica que el Derecho internacional humanitario obliga a las fuerzas en combate a diferenciar entre civiles y combatientes. Y ante eso el quiebre: “sí, por supuesto, nosotros nunca atacamos a alguien que no esté uniformado a pesar de que nos disparen desde las ventanas”.  A partir de ahí, de su primer intento de llevarnos al discurso en que todos son unos terroristas, vuelve a la senda de la academia: el ejército está por los DDHH, y un cartel enfrente de mí así lo afirma.

El cinismo es tan alto que ante nuestra preocupación por la localización de la base dentro de un pueblo, algo que, de nuevo, incumple el DIH, el coronel dice: “¡no está dentro del pueblo, sino en una esquina, y que eso pasa en la mayoría de las bases militares en Colombia!”. Como si la rutina lo hiciera menos ilegal. A esto le comento que la situación de la base sí ponía en peligro a la población civil porque un soldado nos había comentado que muchas noches recibían ataques de bala. Él dice que es falso, y que le diga el nombre del soldado. Ja, lo tenía, pero no se lo di.

Quizás la anécdota de la reunión fue cuando nos trajeron unas grandes tazas de aluminio donde los soldados comen su sopa, llenas de cocacola, probablemente la misma que con tanto despliegue y “peligro” fueron a comprar un rato antes.

Y por qué no creer, ¿no?, todo ese discurso humanista, de buenos contra malos. Mezclando a las 3 guerrillas que operan en la zona: FARC, ELN y EPL, con los BACRI, (de “bandas criminales”, paramilitares). Como el que los terroristas les hacen emboscadas pero que no tienen valor de enfrentarse a ellos, sino que las emboscadas son con minas. Uno ha leído un poco, por ejemplo guerra de guerrillas del Che, y sabe que una emboscada no puede ser con minas, sino que tiene que ser una acción sorpresa y rápida.

Y al día siguiente, después del circo, viene la cruda realidad. Nos quedamos unos días acompañando a un líder campesino a su región para hacer un taller de cría de búfalos. Llegamos a la finca, la visitamos, y nos volvemos al pueblo a almorzar. Allí él tenía varias llamadas urgentes y su tía le entregaba una nota. La 8° amenaza de muerte a la familia. Escrita con letra manipulada tal como pude observar. Se hace pasar por un amigo que le recomienda huir del país porque los van a matar, describiendo situaciones en los que la tía de él había estado el día anterior. Han sido amenazados por el ejército, judicializados, mediante notas, llamadas, expulsados de sus tierras por 3 veces… El ejército les robó años atrás en su casa los ahorros de años de trabajo. Y ahora los quieren expulsar de su finquita porque es donde quieren colocar una base militar, porque apenas unos metros más allá pasan dos oleoductos. En esa misma finca han tenido un par de visitas de civiles armados y encapuchados.

No van a huir. No dejarán de luchar por lo que es suyo y de la comunidad, por lo que es justo, porque antes muertos que mendigando.

El pueblo rural colombiano, gracias a la toma de conciencia mediante su organización, está empezando a decir basta. Basta de extorsión, de desplazamientos, de ejecuciones extrajudiciales, de falta de salud, educación y oportunidades.

Para ello es necesaria la solidaridad internacional. Y para esto no tenemos que mirar hacia acá, sino hacia casa, hacia nuestras multinacionales financiadoras del paramilitarismo. Y a nuestros gobiernos cómplices, financiadores y sabedores de la dictadura militar a la que está sometida Colombia.

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