Glenn Greenwald
De Salon.com Artículo original
13 de abril de 2012

Traducido del inglés por
El Mundo No Puede Esperar
26 de abril de 2012


Se puede ver a Tarek Mehanna en esta imagen sacada de una secuencia del vídeo tomado en Boston en el 2009. (Créditos Reuters/WHDH-TV)

En una de las más atroces violaciones de las garantías de libertad de expresión de la Primera Enmienda que se han visto en mucho tiempo, Tarek Mehanna, un estadounidense musulmán, fue condenado esta semana en una corte federal en Boston y sentenciado ayer a 17 años de prisión. Se le encontró culpable de apoyar a Al Qaeda (debido a la traducción de documentos terroristas al inglés y por expresar una “visión comprensiva” al grupo) así como conspirar para “asesinar” a soldados de EEUU en Irak (véase hacer campaña contra un ejército invasor perpetrando un agresivo ataque contra una nación musulmana). Estoy todavía viajando y no tengo mucho tiempo hoy para escribir sobre el caso en sí – Adem Serwer escribió hace varios meses un excelente resumen de por qué la persecución contra Mehanna es una odiosa amenaza contra la libertad de expresión. Además más antecedentes del caso están aquí, y yo he escrito antes sobre la creciente criminalización de la libertad de expresión bajo los Departamentos de Justicia (DOJ por sus siglas en inglés) de Bush y Obama, por los que los musulmanes son perseguidos por sus visiones políticas obviamente protegidas – pero animo a todo el mundo a leer algo bastante impresionante: la declaración de Mehanna, increíblemente elocuente y reflexiva, durante la audiencia de su sentencia, antes de ser condenado a 17 años de prisión.

En algún momento en el futuro, creo que la historia aclarará de verdad quiénes son los criminales en este caso: no Mehanna, sino más bien los arquitectos de las políticas a las que él se sintió obligado a combatir y a las entidades que han conspirado para consignarlo a una jaula durante dos décadas.

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DECLARACIÓN DE LA SENTENCIA DE TAREK

12 de abril de 2012

Leída al juez O’Toole durante su sentencia, 12 de abril de 2012.

En el nombre de Dios, el más misericordioso, el más compasivo. Este mes hace exactamente cuatro años que estaba terminando mi cambio de turno en un hospital local. Mientras caminaba a mi coche se me acercaron dos agentes federales. Me dijeron que tenía dos opciones: Podía hacer las cosas de manera fácil, o podía hacerlas por el camino más duro. La “fácil”, tal como me explicaron, era que me convirtiera en un informante del gobierno, y si hacía eso nunca vería una sala de justicia por dentro o la celda de una prisión. Y el camino difícil, este es. Aquí estoy, habiendo pasado la mayor parte de estos cuatro años desde entonces en una celda de aislamiento del tamaño de un pequeño armario, en el que estaba encerrado durante 23 horas al día. El FBI y esos fiscales trabajaron muy duro y el gobierno gastó millones de dólares de los contribuyentes para encerrarme en esa celda, dejarme allí, llevarme a juicio, y finalmente tenerme hoy aquí de pie ante ustedes para ser sentenciado a pasar incluso más tiempo en una celda.

En las últimas semanas mucha gente me ha hecho sugerencias sobre lo que debería decirles. Algunos me decían que debería pedir clemencia esperando una sentencia leve, mientras que otros sugería que debería golpear fuerte en cualquier caso. Pero lo que yo quiero hacer es hablar sobre mí mismo durante algunos minutos.

Cuando rechacé convertirme en un informante, el gobierno respondió acusándome del “crimen” de apoyar los mujahideen que luchan contra la ocupación de los países musulmanes alrededor del mundo. O como les gusta llamarles, “terroristas”. Sin embargo yo no nací en un país musulmán. Yo nací y crecí justo aquí, en EEUU, y esto enfada a mucha gente: ¿cómo puede ser que siendo estadounidense crea esas cosas y tome las posiciones que tomo? Todo a lo que un hombre está expuesto en su ambiente se convierte en un ingrediente que le da forma a su visión, y yo no soy diferente. Por lo que en más de una manera, es el país del que soy lo que me ha hecho lo que soy.

Cuando tenía seis años, empecé a coleccionar una gran cantidad de libros de cómics. Batman metió un concepto en mi mente, me introdujo un paradigma de cómo el mundo está montado: que hay opresores, hay oprimidos, y están esos que da un paso y defienden a los oprimidos. Esto resonó mucho en mí durante toda mi infancia, yo gravitaba hacia cualquier libro que reflejara ese paradigma – La Cabaña del Tío Tom, la autobiografía de Malcolm X, o incluso vi una dimensión ética en El Guardían entre el Centeno.

En el momento que empecé el instituto y recibí verdaderas clases de historia, fui aprendiendo precisamente cómo de real es ese paradigma en el mundo. Aprendí sobre los nativos americanos y lo que les ocurrió a manos de los colonos europeos. Aprendí sobre cómo los descendientes de esos colonos eran a su vez oprimidos por la tiranía del Rey Jorge III.

Leí sobre Paul Revere, Tom Pain, y cómo los americanos empezaron una insurgencia armada contra las fuerzas británicas – una insurgencia que ahora celebramos como la guerra revolucionaria americana. Cuando era un chico incluso fui a excursiones escolares sólo a unas calles de donde estamos sentados. Aprendí sobre Harriet Tubman, Nat Turner, John Brown, y la lucha contra la esclavitud en este país. Aprendí sobre Emma Goldman, Eugene Debs, y las luchas de los sindicatos, las clases trabajadoras, y los pobres. Aprendí sobre Anne Frank, los nazis, y cómo persiguieron a las minorías y metían en prisión a los disidentes. Aprendí sobre Rosa Parks, Malcolm X, Martin Luther King, y la lucha por las libertades civiles.

Aprendí sobre Ho Chi Minh, y cómo los vietnamitas lucharon durante décadas para liberarse de un invasor tras otro. Aprendí sobre Nelson Mandela y la lucha contra el apartheid en Sudáfrica. Todo lo que aprendí durante esos años confirmaba lo que empecé a aprender cuando tenía 6: que a lo largo de la historia, ha habido una lucha constante entre los oprimidos y los opresores. Con cada lucha sobre la que aprendí me encontré a mí mismo consistentemente del lado de los oprimidos, y consistentemente respetando a aquellos que dieron un paso adelante para defenderlos – sin importar la nacionalidad, sin importar la religión. Y nunca tiré mis apuntes de clase. Mientras estoy aquí de pie hablando, están en un ordenado montón en el armario de mi habitación en casa.

De todas las figuras históricas de las que aprendí, una sobresalía sobre el resto. Estaba impresionado de muchas cosas sobre Malcolm X, pero sobre todo, estaba fascinado por la idea de la transformación, su transformación. No sé si han visto la película “X”, de Spike Lee, dura como tres horas y media, y el Malcolm del principio es diferente del Malcolm del final. Empieza como un criminal analfabeto, pero termina como un marido, un padre, un líder elocuente y protector de su gente, un musulmán disciplinado haciendo el camino a la Meca, y al final, un mártir. La vida de Malcolm me enseñó que el Islam no es algo heredado; no es una cultura o etnia. Es un modo de vida, una forma de pensar que cualquiera puede elegir sin importar de dónde vienen o cómo fueron criados.

Esto me llevó a mirar con más profundidad el Islam, y me enganché. Era sólo un adolescente, pero el Islam respondía la pregunta sobre la que las mentes científicas más grandes no tenían ni idea, la cuestión que lleva a los ricos y famosos a la depresión y al suicidio al ser incapaces de responderla: ¿cuál es el propósito de la vida? ¿Por qué existimos en el universo? Pero también respondía la pregunta de cómo se supone que tenemos que existir. Y ya que no hay jerarquía o sacerdocio, podía sumergirme directa e inmediatamente en los textos del Corán y las enseñanzas del profeta Mahoma, para empezar el viaje de entender de qué iba todo esto, las implicaciones del islam para mí como ser humano, como individuo. Para la gente a mi alrededor, para el mundo; y cuanto más aprendía, más valoraba el islam como a un pedazo de oro. Esto cuando era un adolescente, pero incluso hoy, a pesar de las presiones de los últimos años, me pongo en pie ante usted y todos los que están en la sala como un musulmán muy orgulloso de serlo.

Con eso mi atención se desvió a lo que estaba pasando a otros musulmanes en diferentes partes del mundo. Y dondequiera que miraba, vi los poderes que estaban intentando destruir lo que yo amaba. Aprendí lo que los soviéticos habían hecho a los musulmanes en Afganistán. Aprendí lo que lo serbios habían hecho a los musulmanes bosnios. Aprendí lo que los rusos estaban haciendo a los musulmanes de Chechenia. Aprendí lo que Israel había hecho en Líbano – y lo que sigue haciendo en Palestina – con total apoyo de los Estados Unidos. Y aprendí lo que América estaba haciendo a los musulmanes. Aprendí sobre la Guerra del Golfo, y las bombas de uranio empobrecido que mataron a miles e hicieron que las tasas de cáncer se dispararan por todo Irak.

Aprendí sobre cómo las sanciones llevadas por EEUU impedían que comida, medicinas, y equipo médico entrara a Irak, y cómo – de acuerdo con las Naciones Unidas – más de medio millón de niños fallecieron por ello. Recuerdo un vídeo de una entrevista en “60 minutos” a Madeline Albright donde ella expresaba su opinión de que la muerte de esos niños “merecía la pena”. Vi como el 11 de septiembre un grupo de personas secuestraron unos aviones y los hicieron estrellarse contra edificios por el ultraje causado por la muerte de esos niños. Vi cómo EEUU después atacó e invadió Irak directamente. Vi los efectos de la estrategia “Conmoción y pavor” en el día de comienzo de la invasión – los niños en los pabellones de los hospitales con metralla en sus cabezas de los misiles estadounidenses (por supuesto nada de eso salió en CNN).

Aprendí sobre la ciudad de Haditha, donde 24 musulmanes – incluyendo un hombre de 76 años en una silla de ruedas, mujeres, e incluso bebés – fueron disparados y reventados en sus pijamas por marines de los EEUU mientras dormían. Aprendí sobre Abeer al-Janabi, un chica iraquí de catorce años violada por cinco soldados estadounidenses, que después le dispararon a ella y a su familia en la cabeza, quemando a continuación sus cuerpos. Sólo quiero señalar, como puede ver, que las mujeres musulmanas ni siquiera enseñan el pelo a un hombre que no sea familiar. Por lo que intente imaginarse esta joven chica de una aldea tradicional, con su vestido arrancado, siendo atacada sexualmente no por uno, ni dos, ni tres, ni cuatro, sino cinco soldados. Incluso hoy, mientras estoy sentado en mi celda, leo sobre los ataques aéreos con aviones no tripulados que siguen matando musulmanes a diario en sitios como Paquistán, Somalia o Yemen. Justo el mes pasado, todos oímos sobre los diecisiete musulmanes afganos – la mayoría madres y sus hijos – asesinados a tiros por un soldado estadounidense, que también le pegó fuego a sus cuerpos.

Esas son sólo las historias que aparecen en los titulares, pero una de los primeros conceptos que aprendí en el islam es la lealtad, la hermandad – que cada mujer musulmana es mi hermana, cada hombre es mi hermano, y que juntos, somos un gran cuerpo que debe protegerse uno a otro. En otras palabras, no podía ver que esas cosas se hicieran a mis hermanos y hermanas – incluso por EEUU – y permanecer neutral. Mi simpatía por los oprimidos continuaba, pero ahora era más personal, como lo era el respeto por aquellos que los defienden.

Mencioné a Paul Revere – cuando, cabalgó a medianoche para avisar a la gente de que los británicos estaban marchando a Lexington para arrestar a Sam Adams y John Hancock, y después a Concord para confiscar las armas almacenadas allí por los Minuteman. Cuando llegaron a Concord se encontraron que los Minuteman los estaban esperando con las armas en la mano. Dispararon a los británicos, lucharon contra ellos, y los vencieron. De aquella batalla vino la Revolución Americana. Hay una palabra árabe que describe lo que los Minuteman hicieron ese día. Esa palabra es: JIHAD, y esto es de lo que va mi juicio.

Todos esos vídeos y traducciones, y disputas infantiles sobre “Oh, tradujo ese párrafo” y “oh, editó esa frase,” y todas esas exhibiciones se movían alrededor de un solo asunto: los musulmanes que se están defendiendo de los soldados estadounidenses que hacen exactamente lo que los británicos hacían en América. Quedó claro como el agua durante el juicio que yo nunca jamás planeé “matar americanos” en centros comerciales o la historia que sea. Los propios testigos del gobierno contradijeron esta afirmación, y nosotros pusimos a un experto tras otro en esa tarima, que se pasaron horas analizando cada una de las palabras que he escrito, que explicaron mis creencias. Además, cuando yo estaba libre, el gobierno envió un agente secreto para meterme en uno de sus pequeños “complots terroristas,” pero yo rechacé participar. Sin embargo, misteriosamente, el jurado nunca oyó esto.

Entonces, este juicio no era sobre mi postura acerca de los asesinatos de civiles estadounidenses. Era sobre mi postura sobre los asesinatos de civiles musulmanes por estadounidenses, y es que los musulmanes deberían defender sus tierras de invasores extranjeros – soviéticos, estadounidenses, o marcianos. Eso es lo que creo. Es lo que siempre he creído, y lo que siempre creeré. Esto no es terrorismo, no es extremismo. Es lo que las flechas en ese escudo sobre su cabeza representa: la defensa de la patria. Por lo que no estoy de acuerdo con mis abogados cuando dicen que no tiene que estar de acuerdo con mis creencias -no. Cualquiera con sentido común y humanidad no tiene otra elección sino estar de acuerdo conmigo. Si alguien entra en tu casa para robarte y dañar a tu familia, la lógica dicta que tú haces lo que sea necesario para echar al invasor de tu casa.

Pero cuando esa casa es tierra musulmana, y el invasor es el ejército de EEUU, por alguna razón los estándares cambian de repente. El sentido común es llamado “terrorismo” y la gente defendiéndose de esos que vinieron a asesinarlos desde el otro lado del océano se convierten en “los terroristas” que están “matando americanos.” La mentalidad de que América era victimizada cuando los soldados británicos caminaban por estas calles hace dos siglos y medio es la misma mentalidad de los musulmanes que son victimizados por los soldados americanos que caminan por sus calles hoy. Es la mentalidad del colonialismo.

Cuando el Sargento Bales mató a tiros a esos afganos el mes pasado, toda la atención de los medios fue hacia él y su vida, su estrés, su “desorden de estrés postraumático”, la hipoteca de su casa – como si él fuera la víctima. Poca simpatía se expresó por la gente que de hecho mató, como si no fueran reales, como si no fueran humanos. Por desgracia, esa mentalidad se filtra a todo el mundo en la sociedad, se den cuenta o no. Incluso con mis abogados, les llevó casi dos años de discusiones, explicando y clarificando antes de que fueran capaces de pensar fuera de la caja y por lo menos en apariencia aceptar la lógica en lo que estaba diciendo. ¡Dos años! Si le llevó tanto tiempo a gente tan inteligente, cuyo trabajo es defenderme, desprogramarse a sí mismos, después lanzarme delante de un jurado elegido al azar bajo la premisa de que ellos son mis “iguales imparciales,” venga hombre. No fui procesado ante un jurado de mis iguales porque con la mentalidad dominante hoy en Estados Unidos, no tengo iguales. Teniendo en cuenta este hecho, el gobierno me persiguió – no porque lo necesitaban, sino simplemente porque podían.

Aprendí una cosa más en clase de historia: Estados Unidos ha apoyado históricamente las políticas más injustos contra las minorías – prácticas que incluso estaban protegidas por la ley – sólo para más tarde mirar hacia atrás y preguntar: ¿en qué estábamos pensando? Esclavitud, Jim Crow, el encierro de los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial – todas y cada una aceptada ampliamente por la sociedad americana, cada una defendida por la Corte Suprema. Pero conforme el tiempo pasa y EEUU cambia, tanto la gente como las cortes miran atrás y se preguntan: ¿en qué estábamos pensando? Nelson Mandela fue considerado un terrorista por el gobierno sudafricano, y condenado a cadena perpetua. Pero el tiempo pasó, el mundo cambió, se dieron cuenta de lo opresivas que fueron sus políticas, que no fue él el que era un terrorista, y lo liberaron de prisión. Se convirtió en presidente. Por lo que todo es subjetivo – incluso esta historia del “terrorismo” y quién es “terrorista”. Todo depende del tiempo y el lugar y de quién tenga los superpoderes en ese momento.

A tus ojos soy un terrorista, y es perfectamente razonable que esté aquí de pie vestido de naranja. Pero un día, América cambiará y la gente reconocerá ese día como lo que es. Verán cómo cientos de miles de musulmanes fueron asesinados y mutilados por los militares estadounidenses en países extranjeros. Sin embargo, yo voy a ser el que vaya a prisión por “conspirar para matar y mutilar” en esos países – porque apoyo a los Mujahidin que defienden a esa gente. Mirarán atrás y verán cómo el gobierno gastó millones de dólares para meterme en la cárcel como un “terrorista”, pero si de alguna manera lleváramos a Abeer al-Janabi de nuevo a la vida en el momento en que está siendo violada por vuestros soldados, y la tuviéramos como testigo y preguntarle quiénes son los terroristas, seguro que ella no señalaría hacia mí.

El gobierno dice que estaba obsesionado con la violencia, obsesionado con “matar americanos.” Pero, como un musulmán viviendo estos días, no puedo pensar en una mentira más irónica.

Tarek Mehanna

12 de abril de 2012

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