26 de noviembre de 2012
Glenn Greenwald

Traducido del inglés por
El Mundo No Puede Esperar
23 de diciembre de 2012

Durante los últimos cuatro años, Barack Obama no sólo se ha hecho valer del poder para ordenar la ejecución de quien quiera, sino que lo ha ejercido con agresividad, incluyendo a ciudadanos estadounidenses y en cualquier parte del mundo. Se ha resistido enérgicamente no sólo a poner límites legales a este poder para asesinar, sino incluso a algunos esfuerzos para llevar algún mínimo de transparencia a las órdenes de ejecución que da.

Este poder autoproclamado ha resultado en cuatro años de bombardeos aéreos en múltiples países musulmanes a los que no se ha declarado la guerra (usando aviones no tripulados, misiles de crucero y bombas de racimo) y que han acabado con la vida de más de 2500 personas, casi siempre lejos de cualquier campo de batalla. Son típicamente alcanzados mientras van en coche, en el trabajo, en casa, e incluso mientras están rescatando o atendiendo a los funerales de otros que Obama ha mandado a ejecutar. Una buena parte de aquellos a los que ha matado han sido civiles, incluyendo docenas de niños.

Peor aún, su administración ha trabajado para asegurarse de que este poder está sujeto a las menos limitaciones posibles. Esto se logró al principio utilizando la interpretación radical y vaga de la “Autorización para el uso de la fuerza militar” (AUMF por sus siglas en inglés), por la que el presidente puede seleccionar no sólo a los grupos que perpetraron los ataques del 11-9 (tal como la AUMF recoge) sino también a aquellos que él considere “asociados” con dichos grupos, y puede seleccionar no sólo a miembros de esos grupos (como recoge la AUMF) sino a individuos que él considere provean “apoyo considerable” a esos grupos. Obama después blindó esas teorías en el papel convirtiéndolas en ley al firmar en el 2011 el Acta de autorización para la defensa nacional, que codifica permanentemente esas interpretaciones de Bush/Cheney de esos poderes de guerra.

Desde el principio, los funcionarios de Obama han asegurado también que esos poderes no tienen límites físicos, ya que han abrazado sin lugar a dudas lo que una vez fue el precepto central y muy controvertido del radicalismo de Bush/Cheney: el que los EEUU están luchando una “guerra global” en la que “el mundo entero es un campo de batalla”, lo que significa que no existen límites geográficos a los poderes de guerra del presidente. En definitiva, hemos tenido cuatro años seguidos de un presidente que ha ejercido lo que literalmente es el poder más extremo y tiránico que un gobierno pueda ejercer: ejecutar a quien quiera, incluso a sus propios ciudadanos, en total secreto y sin un atisbo del debido proceso; y que se ha resistido a todos los esfuerzos de imponer un marco de límites o incluso transparencia.

Pero al final, según un nuevo artículo de Scott Shane en el The New York Times, el presidente Obama se ha convencido recientemente de que podrían ser necesarios algunos límites y un marco legal real para guiar el ejercicio de su poder para asesinar. ¿Qué fue lo que llevó al final a Obama a llegar a esta conclusión? Fue el miedo a que podría perder las elecciones, lo que significaría que un republicano, grande y malo, ejercería esos poderes, en vez de un benevolente, confiable y noble demócrata, por ejemplo él mismo (negrita añadida):

“Enfrentando la posibilidad de que el presidente Obama podría no ganar un segundo mandato, su administración aceleró el trabajo en las semanas anteriores a las elecciones para desarrollar reglas explícitas para las ejecuciones selectivas de terroristas llevadas a cabo por drones no tripulados, de manera que el nuevo presidente heredaría criterios y procedimientos claros, según dos funcionarios de la administración….

“La cuestión ha podido perder algo de urgencia después del 6 de noviembre. Pero…. el señor Obama y sus consejeros están todavía debatiendo si matar a control remoto debería ser una medida de último recurso contra amenazas inminentes a los Estados Unidos, o una herramienta más flexible, disponible para ayudar a gobiernos aliados a atacar a sus enemigos o para prevenir que militantes controlen el territorio….

“Durante años antes de los ataques del 11 de septiembre del 2001, los Estados Unidos condenaron rutinariamente los asesinatos selectivos de sospechosos de terrorismo llevados a cabo por Israel, y la mayoría de países todavía objetan de tales medidas.

“Pero desde el primer asesinato selectivo por los Estados Unidos en el 2002, dos administraciones han tomado la posición de que los Estados Unidos están en guerra con Al Qaeda y sus aliados, y pueden defenderse a sí mismos atacando a sus enemigos donde sea que se encuentren.

“En parte porque los oficiales de las Naciones Unidas saben que los Estados Unidos están estableciendo un precedente ético y legal para otros países que están desarrollando drones armados, las NNUU planean abrir una unidad en Ginebra a principios del año que viene para investigar los ataques estadounidenses con drones…..

“El intento para escribir un libreto formal con un reglamento para las ejecuciones selectivas empezó el verano pasado después de reportes de noticias del programa de drones, empezado bajo el presidente George W. Bush y expandido por el señor Obama, donde se revelaban algunos detalles del rol del presidente en los procedimientos cuestionables que se utilizan para generar las “listas de ejecuciones” y aprobar los ataques. Aunque los oficiales de seguridad nacional insisten en que el proceso es meticuloso y legal, el presidente y sus principales colaboradores creen que debería ser institucionalizado, un plan de acción que parecía especialmente urgente cuando se creía que Mitt Romney podía ganar la presidencia.

Había preocupación de que la palanca podría no estar más en nuestras manos,” dijo uno de los oficiales, hablando desde el anonimato. Con un debate continuo sobre los límites apropiados a los ataques con drones, Obama no quería dejar un programa “amorfo” a su sucesor, dijo el oficial. El esfuerzo, que habría sido acelerado para completarlo en enero si Romney hubiera ganado, será ahora terminado a un ritmo más relajado, dijo el oficial.”

Ahora que Obama ganó en vez de Romney, tales reglas serán desarrolladas “a un ritmo más relajado.” A pesar de la sugerencia de Obama de que podría ser bueno que incluso él tuviera algún marco legal en el cual operar, no ha tenido ninguna prisa para someterse a sí mismo a ninguna de esas reglas en los 4 años en los que se han matado a miles de personas. Esto hace asumir con seguridad que por “un ritmo más relajado”, el oficial anónimo de Obama quiere decir: “nunca”.

Hay muchos puntos importantes que surgen con este informe: Kevin Gosztola y Marcy Wheeler, entre otros, han hecho como siempre un excelente trabajo discutiendo algunos de ellos, mientras que este artículo del Guardian del domingo informa de la reacción de la Unión de Libertades Civiles Americana (ACLU por sus siglas en inglés) y de otros, a la típica manipulación de Obama de los poderes secretos que se presentan aquí (como siempre, esos asuntos son demasiado secretos para permitir una divulgación del Acta de libertad de información (FOIA por sus siglas en inglés) o examen judicial, pero los oficiales de Obama son libres para filtrar selectivamente lo que quieren que conozcamos a la portada del New York Times). Me quiero centrar en un punto clave destacado por todo esto:

La benevolencia del Partido Demócrata

La arrogancia y el interés propio que está conduciendo esto es impresionante, aunque también un poco típico del pensamiento de los demócratas en general en la era Obama. La premisa aquí es tan evidente en sí misma que es repelente:

Soy un buen demócrata y benevolente líder; por tanto, no son necesarios límites, supervisión, controles o balances, límites legales o constitucionales, transparencia o debido proceso para que ejerza incluso el poder más extraordinario, tal como ordenar la ejecución de personas. Porque debido a mi bondad inherente y probada sabiduría progresista, se puede confiar en mí para ejercer esos poderes ilimitados unilateralmente y en la sombra.

Cosas como controles, vigilancia y debido proceso se necesitan desesperadamente sólo para los republicanos porque (al contrario que yo) esta gente son malévolos por tanto podrían abusar de esos poderes por lo que no se debería confiar en ellos con absoluta y descontrolada autoridad. Ellos (pero no yo) necesitan urgentemente restricciones a sus poderes.

Esta mentalidad no es sólo la creencia viva del presidente Obama, sino también de una considerable porción de los demócratas estadounidenses que lo adoran.

Hay muchas razones por las que los que se identifican como progresistas en los EEUU han cambiado tan radicalmente sus posturas en estos asuntos desde que Barack Obama sustituyó a George W. Bush. Estas incluyen: a) la subordinación a cualquier supuesta creencia por sus ansias de poder partidista; b) de hecho nunca creyeron en esos aclamados principios pero sólo los defendían por oportunismo partidista, por ejemplo, como una manera para desacreditar al presidente republicano; y c) están convencidos ahora de que esos abusos serán sólo cometidos contra musulmanes y, consumidos por sus propio interés, concluyeron que no merece la pena poner atención a esos abusos porque sólo afecta a Otros (este es el privilegio de no ser musulmán que disfrutan la mayoría de los progresistas de EEUU, que los blinda de ser objetivos, por lo que simplemente no les importa; los más sinceros de este tipo incluso admiten su motivación).

Pero la razón principal para este cambio fundamental de opinión es que sinceramente comparten la visión del mundo de auto-exaltamiento que ha llevado a Obama a este punto. La premisa central es que la política internacional toma forma mediante una batalla entre el Bien y el Mal. El lado del Bien es el Partido demócrata; el lado del Mal es el Partido Republicano. Todas las verdades políticas son verificables a través de este prisma maniqueo.

Esta es la narrativa de la moralidad simplista y auto-aduladora que se ve reafirmada una y otra vez mientras están sentados durante horas cada día teniendo sus conjeturas aduladas y validadas (y nunca cuestionadas o desafiadas) al ver MSNBC, leyendo blogs pro-Obama que producen como rosquillas odas a su grandeza, y bebiéndose los millones de dólares de la experta propaganda del partido surgida de las elecciones del año, que difunde esta caricatura de la Liga de la Justicia.

El resultado es este, para muchos, es verdaderamente inconcebible que un líder tan noble, amable y sabio como Barack Obama abuse de sus poderes de detención y asesinato. No es sólo un rancio oportunismo partidista o privilegio que les lleva a no objetar a que Obama abrace esos poderes radicales y las peligrosas teorías que protegen a esos poderes de control o escrutinio. Es que sinceramente lo admiran tanto como líder y hombre que creen de corazón (como Obama mismo obviamente cree) que el debido proceso, los controles y la transparencia no son necesarios cuando él hace uso de esos poderes. A diferencia de cuando los villanos republicanos están en el poder, la bondad de Obama y su sabiduría son las únicas salvaguardas que necesitamos.

Así, cuando Obama ordena matar a alguien, no es necesario el debido proceso y no necesitamos ver ninguna evidencia de su culpabilidad; podemos (y lo hacemos) tan sólo asumir que la persona señalada es un terrorista y merece la muerte porque Obama lo ha decretado. Cuando Obama ordena que una persona permanezca indefinidamente en una celda sin cargos o cualquier oportunidad para cuestionar la validez del encarcelamiento, eso es incuestionable porque esa persona tiene que ser un terrorista o por lo menos peligroso, o si no Obama no habría ordenado su encarcelamiento. No necesitamos pruebas, o presentar pistas, o debido proceso para determinar la validez de esas acusaciones; todo lo que necesitamos es Obama tomando esas decisiones porque confiamos en él.

Sentimientos parecidos a los que conformaron la era Bush

La mentalidad es tan reconocible porque es lo que condujo también a los seguidores de Bush durante años cuando defendían sus medidas de autoridad sin control y poderes en secreto. Aquellos que se pasaron años argumentando contra el uso por parte de Bush/Cheney de poderes extremos siempre confrontaron esa mentalidad en el fondo, una vez que las justificaciones pseudo-intelectuales fueron desenmascaradas: George Bush es un buen hombre y un líder noble en el que se puede confiar para ejercer esos poderes en secreto y sin controles, porque él sólo quiere mantenernos seguros y sólo seleccionará a terroristas.

Moldeado por exactamente el mismo tipo de babosa hagiografía presidencial ahora tan a la boga en círculos progresistas (comparen esto de la era Bush a cosas como esta y esta) los conservadores creían que Bush era un buen hombre y un gran líder de manera que no necesitaba salvaguardas o transparencia. Si Bush quería espiar a alguien, o meter en la cárcel a alguien, entonces (sólo por la virtud de su decreto) podíamos y debíamos asumir que esa persona era un terrorista, o por lo menos había una amplia evidencia para creer que lo era.

Fuimos bendecidos con un líder en el que podíamos confiar para ejercer poderes de guerra ilimitados en la sombra. Esta es precisamente la misma mentalidad aplicada por los demócratas (y por Obama mismo) al presidente actual, excepto que no sólo justifica el espionaje sin debido proceso y la detención sino también la ejecución.

Fe frente a razón y evidencia

Por varias razones es extraordinario que tantos ciudadanos hayan sido enseñados satisfactoriamente a venerar tanto a los líderes de su partido que literalmente creen que no son necesarios controles o transparencia, incluso cuando esos líderes ejercen los poderes más extremos: ejecutar gente, bombardear múltiples países, encarcelar a gente sin cargos, vigilancia masiva y espionaje de comunidades enteras.

Para uno existen suficientes evidencias de que literalmente cada líder de ambos partidos mayoritarios durante el pasado siglo abusaron sistemáticamente de esos poderes porque fueron capaces de ejercerlos desde la sombra. Fue el descubrimiento del Comité de la Iglesia lo que llevó a las reformas de mediados de los 70. Reformas basadas en la premisa de que prácticamente todos los líderes, por virtud de su naturaleza humana, abusarán inevitablemente de esos poderes, ejerciéndolos para fines innobles, si operan sin serias restricciones y vigilancia. Uno tiene que ignorar toda las evidencias históricas para poder poner confianza en un líder en particular para que ejerza esos poderes sin control.

Después están todas las pruebas específicas de los abusos tras el 11 de septiembre. Durante la última década, el gobierno de EEUU (bajo ambos partidos) ha acusado repetidamente a personas de ser terroristas y castigado como terroristas a quienes no eran nada de eso. Ya sea debido a un gran error o a motivos más corruptos, el brazo ejecutivo y todas sus agencias de inteligencia y militares han probado más allá de cualquier duda razonable que su mera acusación de que alguien es un terrorista (no probado con evidencias y sin verificar por ningún tribunal independiente) es en definitiva poco fiable:

Incluso más allá de esto, está bien documentado que el gobierno de EEUU, bajo Obama, a menudo manda ejecutar a gente sin ni siquiera saber la identidad de la persona que están intentando matar. Del artículo del domingo del New York Times:

“Después está el asunto de los ataques aéreos contra personas cuyas identidades son desconocidas. En una videoconferencias en enero, el señor Obama habló de los ataques en Paquistán como “esfuerzo que selecciona y se enfoca en personas que están en una lista de terroristas activos.” Pero durante varios años, primero en Paquistán y más tarde en Yemen, además de “ataques personalizados” contra nombrados terroristas, la CIA y los militares llevaron a cabo “ataques por pautas o patrones” contra grupos de militantes sospechosos y desconocidos.

“Al principio el término se usaba para sugerir específicos “patrones o pautas” de un conocido terrorista de alto nivel, tales como su vehículo aparcado en un lugar de encuentro. Pero la palabra evolucionó a significar el “patrón” de militantes en general (por ejemplo, hombres jóvenes portando armas en un área controlada por grupos extremistas). Tales ataques aéreos han causado el conflicto más grande dentro de la administración Obama, con algunos funcionarios cuestionando si el asesinato de combatientes no identificados está justificado legalmente o merece la pena la reacción violenta local.”

Es realmente impactante ver a ciudadanos asegurar que su gobierno está matando “terroristas” cuando esos ciudadanos no tienen ni idea de a quién se está matando. Pero esto se vuelve más alucinante cuando uno se da cuenta de que ni siquiera el gobierno de los EEUU sabe a quiénes están matando: están matando a cualquiera cuyo comportamiento se cree concuerda con el perfil de un terrorista (“hombres jóvenes portando armas en un área controlada por grupos extremistas”). Y, por supuesto, la administración Obama ha redefinido “militante” para que signifique “todos los hombres en edad militar en una zona bajo ataque aéreo”, reflejando en su propaganda llena de eslóganes que están matando a terroristas cuando, de hecho, no tienen ni idea a quiénes están asesinando.

A la luz de todas estas evidencias, continuar asumiendo ciegamente que las acusaciones del gobierno no probadas de “terrorista” son equivalentes a pruebas de esas acusaciones es abrazar el tipo de confianza basada en la fe que es el centro de la lealtad religiosa y la fe en un dios, no la de un ciudadano racional. Aún así uno se encuentra una y otra vez este diálogo de alguna forma en cuanto sale el tema:

Argumento: El gobierno de los EEUU no debería encarcelar-matar-espiar a gente sin presentar pruebas de su culpabilidad.

Respuesta defendiendo al gobierno: Pero esos son terroristas, y se les tiene que parar.

Pregunta obvia: ¿Cómo sabes que son terroristas si no se ha presentado ninguna prueba de su culpabilidad y no se le ha concedido el debido proceso?

Al final, la única posible respuesta a esta pregunta (la única explicación de por qué esta mentalidad definitivamente autoritaria persiste) es porque se ha adoctrinado tanto a la gente con la central bondad de su particular líder del partido que ignoran toda evidencia empírica, y sus propias facultades racionales, para poner su fe ciega en el líder con el que han crecido amando y admirándolo (si mi líder dice que alguien es un terrorista, entonces me creo que lo son, y no necesito ver pruebas de ello).

Uno puede debatir razonablemente en gran parte que la democracia requiere de cierto grado de confianza depositada en las capacidades y juicio de cualquiera de los líderes políticos que uno apoye. Pero por muy lejos que esa confianza deba llegar, seguramente debe parar bien antes de que se convierta en el poder para encarcelar y matar en total secreto, lejos de cualquier campo de batalla y sin controles o debido proceso.

Principios centrales ignorados que son sustituidos por el amor al líder.

El artículo de El Times describe la visión de Obama de que se necesitaría desarrollar algunas “reglas para los drones” con la posibilidad de la victoria de Romney. Pero algunas de esas reglas ya existen: se encuentra en estas cosas llamadas “la Constitución” y la “Carta de Derechos”, la Quinta Enmienda la cual estipula:

“Ninguna persona será… privada de la vida, libertad, o propiedad, sin el debido proceso legal;”

Aún así se ha dejado de lado todo eso a cambio de una creencia basada en la fe profundamente inquietante y poco saludable de que nuestro líder puede tomar esas decisiones sin que sean necesarios molestos impedimentos.

Para mí, este comentario, dejado en respuesta a un artículo en Gawker el domingo en el nuevo artículo del New York Times, expresa perfectamente el sentimiento que oí durante años en los círculos de la derecha para justificar todo lo que Bush hizo en secreto, y ahora es tan miserablemente común en los círculos progresistas para justificar el uso por parte de Obama de los mismos o incluso poderes más grandes:

“El hecho en cuestión es que las complejidades de la seguridad y la guerra van más allá de lo que aquellos interesados en parecer moralmente superiores están dispuestos a conceder. Sólo pasa que muchos liberales están más interesados en aparentar superioridad moral…

“Yo solía ser exactamente de la misma manera, pero después de hecho consideré genuinamente cómo me sentiría si sostuviera el peso de la presidencia y esas decisiones. No tengo dudas de que la mayoría de los liberales, en esa situación, actuarían igual que Obama…

“Soy liberal, no soy fan de la guerra, ni del fanatismo republicano ni de la demagogia sin sentido por todo el planeta diciendo que América es lo mejor. Pero puedo entender por qué los ataques con drones pueden ser lo más conveniente en una guerra. O quizás, para ser más preciso, sólo puedo entender lo incapaz que soy de entender. Y en vez de suponerme merecedor de entender la complejidad y así ofrecer una crítica, confío en aquellos más inteligentes que yo. Pero muchos de mis compañeros liberales no creen que haya gente más inteligente que ellos. No tengo el egocentrismo de mis compañeros liberales. Es como un republicano moderado viendo como locos a los del ala derecha de su partido incluso si piensan igual en la mayoría de las cosas.”

Esta es la forma platónica de fe en el líder autoritario:

No necesito saber nada; mi líder no necesita probar la verdad de sus acusaciones; él debería castigar a quien quiera en total secreto y sin garantías, y yo asumiré que hace lo correcto (siempre que yo y otros como yo no seamos los objetivos) porque él es superior a mí y yo pongo mi fe en Él.

Cualquiera que piense que el líder (cuando es de mi partido) debería tener que enseñar pruebas antes de matar a alguien, o permitirles el debido proceso, está siendo un purista infantil. Yo solía ser así, hasta que Obama tomó el cargo, y ahora veo lo vital que es confiar en él y no molestarle con todo ese fanatismo “del debido proceso”. Eso es lo que significa ser un ciudadano adulto: confiar en tu líder de la manera en que los niños lo hacen en sus padres.

Este es el único sentimiento que puede explicar la comodidad con la que se permite a Obama (y, antes de él a Bush) ejercer esos poderes extremos sin controles o transparencia. Este es exactamente el sentimiento al que cualquier crítico de Obama se enfrenta constantemente, aunque expresado un poco más sutilmente y con un poco de más dignidad.

Al final, lo más extraordinario de todo esto (más confuso para mí) es lo violentamente contraria que es esta mentalidad al ethos en el que los estadounidenses han sido inculcados: en concreto, que la primera regla inviolable del gobierno es que no se debe confiar en los líderes para ejercer sus poderes sin constantes restricciones (sin lo que se nos enseña en la escuela y que se llama “separación de poderes”. Aquí está cómo Thomas Jefferson expresó esta advertencia en las Resoluciones de Kentucky de 1798:

“En las cuestiones del poder… no escuchéis nada sobre la confianza en el hombre, sino impedirle la malicia mediante las cadenas de la Constitución.”

Y aquí está lo que John Adams dijo en su Revista de 1772:

“Hay peligro en todos los hombres. La única máxima de un gobierno libre debería ser no confiar en ningún hombre vivo con poder para poner en peligro la libertad pública”.

Es literalmente imposible concebir una mentalidad más alejada de estos principios básicos que la que insta a que se pueda confiar en Barack Obama (a diferencia de George Bush o Mitt Romney, o cualquiera de los temidos villanos republicanos que toque hoy) de manera unilateral para matar, encarcelar o espiar en secreto al que él quiera porque es un buen hombre y un líder en el que se puede confiar y por tanto acusaciones sin pruebas deberían ser asumidas como ciertas. Pero este es, de manera aplastante, el sentimiento retorcido y autoritario que ahora predomina en la mayor parte del Partido Demócrata y en la autodenominada ala “progresista”, justo como se hizo en el Partido Republicano y su ala conservadora durante ocho años.

Al final, esta perniciosa y peligrosa confianza en el líder de uno (más allá del normal deseo humano de seguir a un líder) es el subproducto de identificarse en exceso con la personalidad de marca comercial de los políticos. Muchos progresistas de la costa este y oeste (que es donde de manera aplastante los líderes de opinión del Partido Demócrata están) han sido entrenados para verse a sí mismos en Obama y a los rasgos de personalidad a los que aspiran (el padre y marido dedicado, abogado erudito educado en Harvard, sofisticado y urbano), igual que los religiosos conservadores y otros tipos de republicanos fueron entrenados para ver a Bush de esa manera (el cristiano evangélico devoto, el que “vendría a hacer limpieza”, el vaquero patriótico fanfarrón, y padre y marido entregado).

Los políticos son percibidos como si fueran concursantes en un “reality show”: los televidentes deciden quién les gusta o quién no (pero la diferencia es que esas apariencias son reforzadas con cientos de millones de dólares de campañas de propaganda incesante, sofisticada y muy manipuladora (hay una razón por la que la campaña de 2008 de Obama ganó múltiples premios de la industria de marketing y publicitaria). Cuando se nos enseña a vernos reflejados en un político basándonos en una relación personal ficticia, al final se termina poniendo excesiva confianza en aquellos con los que nos identificamos (sería la manera en la que uno confía en un familiar o alguien a quien se quiere), y a albergar excesivo desprecio en aquellos a los que se ha sido entrenado para ver como el malo de la película. En definitiva, los ciudadanos están siendo entrenados para ver a los políticos exactamente de la misma manera en la que Jefferson nos advirtió como peligrosa: “En cuestiones de poder… no escuchéis nada sobre la confianza en el hombre.”

Hay una ironía final en todo esto que merece la pena resaltar. Los líderes y movimientos políticos convencidos de sus propia bondad son aquellos que normalmente necesitan restricciones más grandes y no más pequeñas en el ejercicio del poder. Eso es porque (como los verdaderos creyentes religiosos) aquellos que están convencidos de su natural superioridad moral pueden encontrar cualquier manera de justificar incluso los actos más corruptos ya que están justificados por los nobles fines por los que son puestos, o son purificados por la nobleza de los que están llevando a cabo esos actos.

Las facciones políticas llevadas por las convicciones auto-aduladoras de su propia superioridad moral (junto con sus líderes) son las que más probablemente abusan del poder. Cualquiera que escuchara a los conservadores de la era Bush sabe que esta convicción los llevó al argumento de “estás con nosotros o estás con los terroristas”, y es tan cierto como los progresistas de la era Obama que ven genuinamente el horizonte político como una batalla global entre las fuerzas del Bien (los demócratas, o sea, ellos mismos) y las fuerzas del Mal (los republicanos).

De esta manera no debería sorprender que Obama (y sus seguidores más ardientes) creen de verdad que son necesarias urgentemente reglas para restringir a los republicanos de matar a quien quieran, pero que tal urgencia deja de existir cuando el poder descansa en las manos del actual benevolente líder. Tal mentalidad peligrosa y perversa es extremadamente penetrante en la ciudadanía, y explica bastante por qué y cómo el gobierno de los EEUU ha sido capaz de hacerse con los poderes que ha ejercido durante la última década con tan poca resistencia.

Este artículo apareció originalmente en el blog de Glenn Greenwald en The Guardian UK

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